JacquelineB.
"Lovers in Japan" de Coldplay, en su concierto el 22 de julio en Houston... ¿Cómo te explico que me morí?
JacquelineB.
El día que despierte con un dolor en el pecho porque ya no puedo soportar la absorción, tengo miedo de que no estés aquí. Porque ese día lo siento próximo y ya no quiero la lejanía. Me hace tanta falta el sentirme segura en tus brazos, el que me regales un beso cada mañana y cada noche, el que me muerdas con una ternura exquisita. ¿Y qué si te tardas más de lo que pensé? ¿Y qué si vuelvo a sentir los segundos como horas, las horas como días?

Ya quiero sentirme amarrada por tí; seguirte enganchada a esas manos con las que sueñan mis sueños. Caminar por un pavimento que no es frío ni caliente, sin calcetines, sin gorros, sin lentes... acompañando el sol que encalidece el agarre de nuestras palmas. Quiero vestirme de flores para tí y soplarte burbujas de colores en la boca. Que mis uñas te erizen la piel cuando las recorro por tu nuca, pidiéndote que me cargues por la banqueta, llevándome rápido entre el gentío que se nos queda viendo.

El calor en estas noches de junio es insoportable. Quiero tomar una ducha fría para mitigarlo. Tu recuerdo viene a mí y divago en él mientras enjabono cada pulgada de mi piel que extraña tus roces. Extraño más que te fijes en un lunar, en el ombligo, en una cicatriz y empieces a navegar con una yema como si mi cuerpo se tratara de una carta astral. Te posaras primero en un astro y de ahí empezar a corregir el rumbo cuando tu mismo roce me provoque estremecimientos.

No tengo más fuerza que la misma espera que me asfixia. De ella me nutro para que mi mente siga circulando todos los días en tí, para que mi boca siga sabiendo a tí, para que mis ojos te sigan imaginando cerca... en el sillón, en el pasto, en la banqueta.
JacquelineB.
Una canción que me enloquece...
JacquelineB.
No hay mucha novedad, que digamos. Las estaciones cambian, los soles se ponen y el extrañar aumenta... Vaya normalidad. No se trata de nada más ni nada menos que la acumulación de sustancias químicas que hiperventilan mis pulmones y alteran mi flujo sanguíneo para enloquecer mi tonto corazón por el ratito que pude verlo. Como no tengo el lujo de abrazarlo a diario, creo historias en mi mente y las empiezo a plasmar en pedazos en mi vida cotidiana. Invento máquinas en las que no me importa el ayer ni el mañana, cuando pienso que todo lo que importa es este miércoles o jueves para tomar una decisión que me hará sobrevivir un día más sin caer ahogada en el fondo de mis propios líquidos.

Por eso me corté el cabello. Las mujeres somos criaturas muy extrañas que de vez en cuando una picadura nos pica y tenemos que cambiar algo, sobre todo cuando se trata de mujeres impulsivas como yo. Es la primera de tres cosas... Mi apariencia es diferente. No parezco tanto una pelirroja despeinada que ya no sabe ni cómo acomodarse el cabello de tan quemado y poco estable que está. Parezco ahora entre colegiala, ejecutiva y maestra al mismo tiempo... con un corte tan corto como nunca lo he tenido antes, un fleco que no he tenido desde los 11 años y un color natural de café que tanto extrañaba ver en el espejo (bueno, el tinte falló porque sigue enrojeciéndose con el sol pero ya oscurecerá un poco más). Esa es la primera imagen, que no sólo mi cabello cambió pero que tiene un agregado peculiar de unos lentes de aumento que me encontré por ahí, rectangulares negros y con un delineado rojo que le dan un más a la descripción previa que dí de lo que ahora parezco. Esto me hace sobrevivir un poco más las añoranzas, ver que puedo ser otra siendo la misma y darme un poco más de gusto cuando me tallo los pies o me entrepeino la cabellera. Y al final... mis lentes.

No es lo único que me ayuda. No. Al seguir hablando de lujos, hablo de antojos. Gracias a Dios dejé mis antojos por galletas en cantidades desmedidas y conos de nieve que ni el gordo más gordo se termina de empachar. Mokka Frapuccino Grande con caramelo y, si me siento delgada, crema batida. Sí, es azucarado y alto en calorías... pero es un vicio maldito que me trae una sonrisa al rostro cada que lo consumo con todo y su precio ridículamente alto: mi Starbucks.

Y lo último, que también es el principio y el medio, es el recuerdo. El recuerdo que tengo de este ser por quien me despierto con ocurrencias para la próxima vez que lo vea. De quien espero todo y nada, y nadamás estoy esperando darle todo. Bien es cierto que tengo su imagen vívida en mi mente las 18 horas al día que estoy despierta, y las 6 horas al día que estoy dormida soñando con él. Su persona es algo que no olvida y me palpita el corazón para no apaciguarse el sólo pensar, el sólo recordar que es mío y soy de él. Cargo, pues, en mi tonto celular su fotografía sonriente en la primera pantalla, de la última vez que lo tuve cerca regalándome la sonrisa más pura para impregnarla en mi piel... mi celular.

Estas tres cosas, por más tontas y tan sólo representativas que sean, son lo que me llevan al final de las 24 horas del día. Quedan 3 meses y sin ellas no sabría aguantar al menos hasta la próxima visita... a veces predecible, a veces no. Sólo estas tres cosas: mis cambios para sentirme renovada, mis antojos para sentirme saciada y mis recuerdos para sentirme viva.

Cuántas veces me quejo y cuántas veces más me quejaré del mentado 'suplicio' de 400 millas que nos separan, pero es que no saben que estamos más conectados (literalmente) que nunca y por más tiempo del que imaginé cuando partió. Pasamos horas y días enteros, de principio a final, pegados el uno al otro en todos los sentidos menos el físico. Así que ya lo abrazaré y saciaré mi sed de tenerlo aquí cuando lo vea. Lo demás no es sed porque lo siento tan presente. Yo sé que está aquí realmente, no allá. Su cuerpo está allá y viene a prestármelo de vez en cuando para jugar con él a desenredarle los cabellos y decirle secretos al oído. Pero todo lo demás que tiene y me lo da, que es tanto, me lo deja aquí...
JacquelineB.
Ya es 17 de marzo. Un martes. Por fin me deshice del bulto de cartas y por sexta vez fui feliz desde que empezó el año. Sí, seis es poco en casi tres meses... pero comparado con lo que podría ser, seis es muchísimo. Y estoy tan agradecida, satisfecha, completa.

Creo que todo lo metí ya a un pequeño frasco de vidrio, que parece más una alcancía que un frasco. Con las alcancías sé que soy tramposa y no me resisto a abrirlas antes de tiempo. Por desgracia y por conveniencia, esta no es una alcancía común. Por más que quiera, ésta nomás no se puede abrir sino hasta que sea el momento indicado... faltarán años, probablemente. No es un frasco porque tiene una abertura, no para sacar cosas con trampa, sino para seguir metiéndole hasta que esa fecha llegue.

Es un frasco de sueños, por ponerle un nombre cursi. "Sueños tejidos", como he mencionado antes. Aunque en un principio fueron ideados aisladamente, ahora se entretejen con los sueños de otro, homogeneizándose en un mismo frasco. Me encanta que ambos se diluyen a la perfección, se llevan tan bien. Se complementan y se comparten tantas similaridades en materia que parece que nacen de la misma mente. Como si fuera lluvia que cae de dos diferentes nubes para caer sobre la misma montaña e irse resbalando por ella hasta entrelazarse en un mismo arrollo... De aquí a que desemboquen, ese es mi esperar. Por eso no puedo hacer trampa. El tiempo no se puede doblar.

Pero no importa, porque me he dado cuenta que el presente ha mejorado tanto también. Solíamos pensar que todo lucía bien allá en una décadda solamente y que ahora es difícil, pero se aferra porque sabe lo que viene. Sí. Sí es difícil. El hombre está a 400 millas y eso complica las cosas... pero es un bonito presente. Son bonitos días, con todo y todo. Y ya falta menos.