JacquelineB.
Quizá lo único que necesitaba era escuchar su voz. Creo que, en la voz, se proyecta lo que está sintiendo el alma. No sabía cómo iba a reaccionar, a pesar de saber de las heridas pasadas. Pero no busco abrir heridas, busco sanarle todo lo que haya que sanar. Tengo una convicción, pero también es mi secreto. No hay nada malévolo, nada maquiavélico que encontrar. Soy abierta, sincera, pero despistada. Ah, los defectos. No se le acaban a esta niña de siete años. No me culpes, soy risueña y tonta.

Pero, como en todo, he de encontrar mi salida. Si no se escucha mi sonrisa, es porque la escondí lejos de tí, en un contraste entre el sol que no se ve y la lluvia que permanece en la ciudad. Pero muy dentro, sigo siendo cálida y sigo latiendo sin sentido. No sé de dónde salió todo, parece ser mera confusión. Sí es mi culpa. Cúlpame, pues. Soy risueña y tonta, pero soy sincera. "Íntegra". ¿Qué me importa si dejo pequeñas pistas? ¿Qué es lo peor que puede pasar si dejo un camino de migajas? Yo también busco una casa de dulce. Seguro llegaremos a la misma. Te la compartiría, ¿sabes?


No, nadie me quitará mi sonrisa. Y tranquila no soy, pero puedo permanecer con la cabeza limpia y sembrar serenidad. Puedo no atormentarme de pensamientos, porque sé que sólo me pudro la cabeza con ideas que ya pertenecen en el ayer. Ya no soy así, tengo años de haber cambiado. Era un títere. Me deberías conocer ahora. Qué bárbara, toda una artista. Pero, a la hora de pasar al frente y repasar el acto, no le sale. No le sale porque no es ella. Ella, la de verdad, se esconde detrás de las bambalinas. No por miedosa, lo hace con toda intención de que alguien la vaya a buscar. Pícara.

Se mojó la foto que tengo de ti a un lado de mi cama. Pero, por alguna razón, tu cara está intacta. Son los ojos más sinceros que he visto, por eso me escondo de ellos. "Busca mi mirada aunque te la esconda", alguna vez escribí. Son juegos, nada más. Los jugué hace mucho, ya perdí la práctica. No quiero que me descubras tan pronto. Aunque, en un dos por tres me encontrarías, de nada sirve que me agache. Si estando parada...

No sé cómo moderar la tormenta, eso sí. Eso no.
JacquelineB.
El defecto más odioso de mí es la indecisión. Hasta le caigo mal a la gente en los restaurantes porque aparentemente se va a acabar el mundo si no decido pronto qué endemoniado platillo pedir para cenar. Sé que desespero a la gente porque no puedo escoger qué película, qué juego o qué actividad hacer. Peor aún, cuando es de esas decisiones grandes, pesadas, profundas... Aparentemente, me entra un virus que me bloquea, me inmoviliza, me hace estéril de decisiones. Me asusta. Mi maldita cabeza quiere intervenir en todo, recorrer todos los laberintos, palpar cada opción. Y se me ahoga el corazón, retorciéndose de las ansias por actuar. Yo no era así antes, por eso es un síntoma de algo que no me pertenece.

En la piel.
La piel se me eriza de escalofríos. Los poros se me cierran por completo. Dejo de sudar mi calor, que va en aumento por la frustración. Significa que algo hice mal, o que algo que hice bien que parece mal me está encerrando en una jaula helada y lluviosa. Tormentosa. Pero mi piel se mantiene seca, partida, erosionada. Al mismo tiempo de enfriarse y empalidecerse, como si hubiera perdido vida. Pierde el color rosado, se vuelve morada y helada... Amenaza con llenarse de moretones.

En el pecho.
Por los cielos, el vacío en mi pecho. Es casi intolerable. Pensaría que no tener nada en el tórax me dejaría respirar mejor, que entraría más oxígeno. No. De un jalón, todo lo succiona y se vuelve un hoyo negro, donde no se respira. Se flota de una manera impredecible que duele. Cala. Como si me quedara sin pulmones. Hasta dejo de sentir mi corazón bombeando sangre, como si dejara de sentir todo lo que me indica que estoy viva. Tengo que respirar más profundo, porque mi cuerpo cree que no está entrando nada. Se me dilatan las pupilas, también. El pecho se me hiela. La sensación me pica en las costillas, dura unos segundos y se va. Pero luego vuelve y cada vez permanece más tiempo.

En la garganta.
Todo lo que hay ahí, adentro del cuello, todo se me amarra. Se entremezcla la tráquea, las amígdalas y la laringe... Se me hace un nudo que no me deja hablar y que me carcome las cuerdas vocales. Me vuelvo inmóvil. Las clavículas se me endurecen. Lo siento hasta el paladar, la boca entera. Me desgarra las paredes. Parece que respirar no era problema por ausencia de pulmones, sino por un fuego de impotencia en la garganta que no deja pasar brisa. Me seca la lengua y me deja muda. Hasta los labios se me parten.

En los ojos.
El más típico de todos. Lloro, porque mi piel no supo sudar. Lloro, porque el pecho no pudo soltar el aire. Lloro, porque mi garganta no me dejó hablar. Cuando el cuerpo ya no aguanta todo lo demás, tiene que salir por algún lado. Mis lágrimas son involuntarias, pero siempre las veo venir. Es el último síntoma de que algo me duele, algo me pica, algo me devora. Me empapo en ellas, en un intento de hidratarme para ya no sentir la calentura de mi frustración. No las controlo, ni las limito. Caen a mis labios partidos y sueltan el nudo en mi garganta, se cuelan entre mis pechos y entra aire a mis pulmones, recorren mis poros para calentarme la piel y desembocan en mi ombligo para entender que hasta la primera cicatriz sigue doliendo.
JacquelineB.
Anduve terca por algunos días de que lo fuéramos a dormir. No fue mi idea, pero estaba de acuerdo con ella. Sufrió mucho al final, pero al final la familia no quiso hacerlo de esa manera y optaron porque se fuera de la manera natural. Como debe ser. Sin embargo, no soportaba la idea de mi perro llorando día tras día, ya ni siquiera pudiéndose parar para nada, ni siquiera tomar un sorbo de agua.

Lo quise mucho. Dios sabe que mi favorita es la Pepsi, supongo que porque me la regalaron a mí cuando cumplí los quince y siempre fui muy allegada con ella. Pero ese Canelo, era demasiada nobleza como para no quererlo.

Murió alrededor de las 4:30 am, el 30 de junio del 2010. Estuvo casi cinco años con nosotros. Y todavía recuerdo la primera vez que lo ví como si fuera ayer. Íbamos mi mamá y yo en la camioneta, dentro de la colonia Altavista Sur (si no me equivoco), cerca de la Torres Bodet. Iba un perro por ahí solo, caminando en la calle, como perdido. Era algo chaparro para ser un collie campeón. Con el pelo larguísimo, bien limpio, pero sin collar de identificación.

Lo recogimos. Buscamos regresarlo a su dueño por varias semanas. Anuncios en los 7-Eleven, veterinarias cercanas y hasta lo mencionaron en TV Azteca con ayuda de mi tía. En fin, nadie nunca habló para clamarlo. Un día, después de quizá uno o dos meses de tenerlo en la casa, mi papá quiso echarlo afuera. Ya teníamos dos perras para ese entonces: mi Pepsi, aún cachorra, y la Blondy, el milagro de mi perra de la infancia que regresó después de haberla perdido un año y medio.

Recuerdo cómo mi mamá le lloró al Canelo para que mi papá aceptara que se quedara. Y en efecto, se quedó. ¿Cómo rechazar los encantos de una mujer? Y de esa mujer, particularmente. Mi mamá es igual de llorona que yo, ¿qué le hacemos?

Cuando lo llevamos al veterinario al darnos cuenta que tenía cataratas en los ojos, le preguntamos cuál sería más o menos el estimado de edad que tenía. En ese entonces, hace cinco años, el veterinario contestó que alrededor de seis años. Ergo, para estas fechas ha de haber andado entre los once y doce años de edad. Bastante grande para un collie.

Recuerdo que corría muchísimo, jugaba como pingo, siempre aventado ladridos que sonaban a óxido, miedosísimo de la alberca, siempre odiando sus momentos de baño y siempre atrancándose cada que se le daba de comer como si no hubiera comido en meses. Pocas veces le cepillé el cabello y muchas veces lo saqué a pasear. Era bien mión, lo recuerdo. A diferencia de la Pepsi, no era celoso de que apapacháramos al otro perro más que a él. Si llegaba la perra y lo quitaba, se hacía a un lado como buen caballero. Nunca pudo embarazar a la Pepsi, era muy viejo y al parecer impotente. Pero nunca le dijimos porque le íbamos a quitar la poca hombría que le quedaba después de la perra.

Al final, era un gorro. Ladraba incesantemente. No podría pararse solo, por lo que tenía que ladrar (sí, los mismos ladridos oxidados de siempre), para que alguien saliera a ponerlo de pie y que hiciera sus necesidades. A veces se quedaba tirado en el pasto de mi patio y se encendían los regadores automáticamente. Pobre perro, ladrando y mojándose, sin nadie que lo rescate. ¿Cuántas veces se ha de haber quedado ahí, cuando no había nadie en la casa que lo pelara?

Lo más bonito del Canelo es un pequeño detallito que lo caracterizaba. Sé que muchos perros hacen eso, pero en mi casa eso es lo que tanto definía al Canelo, más que todo lo demás. Cuando se sentaba alguien a acariciarlo, que lamento decir que no era tan seguido, no podías dejar de acariciarlo porque: 1) te acercaba su nariz mocosa y te empapaba el pantalón, 2) invadía tu espacio personal, o 3) te empujaba con la cabeza hasta que lo pelaras de nuevo. Cómo le encantaba, en verdad, ser acariciado.

Escribo esto aquí porque quería hablar de mi perro, lo poco que lo alcancé a conocer. Sé que nunca lo olvidaré, pero si con los años su recuerdo se me convierte algo borroso, sabré que escribí de él por aquí al menos. No he conocido perro más noble que mi Canelo. Me alegra saber que ya puede correr, jugar y ladrar con óxido en un lugar mejor.

Pepsi & Canelo.
JacquelineB.
No saber qué hacer o hacia dónde caminar tampoco es el fin del mundo. Y estaría bastante bien que dejaran de presionarme, por favor. No tiene nada de malo tomar una pausa, detenerme a contemplar y nada más. Me juzgan como si no saber qué camino tomar fuera malo. Somos humanos. Somos seres errantes y torpes. Somos lentos en esta vida tan rápida...

No quisiera precipitarme, tampoco, a tomar una decisión impulsiva para después darle la espalda, tirarla al cesto o sufrir sus cenizas. No tengo espacio donde guardarlas. Pero si algo me palpita dentro, ¿cómo debo responder? ¿Acorde a lo que siento y ya? Sí, eso hago siempre, pero no sé si eso conviene ahora. ¿Qué es conveniencia? ¿Para quién? No sé, pero sé que quiero más. Algo siento dentro, algo diferente que me llena de curiosidad.

¿Qué tiene de malo tener curiosidad? Soy curiosísima, ¿y qué? No tiene nada de malo ni de raro. Raro es que algo que se conoce bien, de la nada se mutile y se muestre como un ente renovado, estrecho y sólido. Como las mariposas. Son tan hermosas, tramposas. Me hacen creer tantas cosas, cuando son de lo más simples. Las envidio a veces, con esas alas, con esos colores, con esas fases, con esa libertad y esa belleza. Con su mundo de tres dimensiones y sin nadie a quién responder mas que a sí mismas. Envidio que se puedan parar sobre la cúpula de una flor y bailar en ella.

Alguna vez tuve la razón. Ya no sé si sigue vigente. No sé si desear lo que parece que nunca tendré me sirva de algo. ¿Quién dice que nunca lo tendré? ¿Quién dice que tengo que desear sólo eso? ¿En dónde está escrito que debo seguir queriendo lo que quería? Tengo todo mi derecho de cambiar de parecer. Eso hacemos las mujeres. Cambiamos de parecer. Bueno, eso dicen... Yo siempre he sido muy fiel a mis sueños. Pero, ¿qué si mi sueño me es infiel a mí? ¿Debo seguir siguiéndolo, deseándolo?

Entre el polen, las catarinas y la tierra húmeda, me acuesto a pensar. Dejo que el césped me trague y me dejo nutrir de clorofila. Quiero sentir el mundo, para sentir mi naturaleza. Que el alto de las hierbas que bailan en el viento sean lo único que bloquean mi vista al cielo blanco y celeste. Ondeante. No tengo más remedio que enraizarme a un lado de ellas, aferrarme a algo natural y verdadero que no cambie de opinión. Algo tan primitivo y eterno que siempre ha sido y no deja de ser. Cuando me encuentre ahí, me encontraré en alguien más.



Because the world is round, it turns me on
Because the wind is high, it blows my mind
Love is old, love is new
Love is all, love is you
Because the sky is blue, it makes me cry...
JacquelineB.
Sigue vigente... y sigo pobre. Pff.