JacquelineB.
Buscamos amor en los lugares más extraños. Hay veces en que nos sentimos tan solos que vamos a dar a lugares que hasta muchos pensarían que está mal recurrir a ellos, pero a veces no nos queda de otra. Es simplemente otra manera de sentirnos amados, que al menos hay alguien que sí valora algo de ti. Después de querer amar tanto, es tanta la necesidad de sentir algo de reciprocidad. Se ha vuelto difícil obtenerla, por eso terminamos obteniéndola falsamente de maneras tan raras. Como realmente no perdermos nada, no hay mucho problema. Aunque sea clandestino, aunque sea amor falso, es mejor eso a nada. No hay amor.

Algún día entenderé por qué digo y hago tantas tonterías, por qué caigo en la tentación de las incoherencias. Quizá es para sentir menos, para adormecer aquello que me duele dentro, para ver si se me olvida un poco. He visto que funciona en el momento, pero al rato el recuerdo que "olvidé" se intensifica y no dejo de pensar por tres días. Es como una dosis, de las malas, que me calla la mente por unos momentos, me hace sentir que de algo sirvo y mi mente puede divagar en cosas diferentes.

Eso es. Siento que no le sirvo para nada a nadie últimamente. En objeto, no obtengo nada a cambio, pero me vendo la idea de que sí y por eso lo hago. Me dan unas jaquecas brutas, punzadas en la sien. Me levanto sin saber dónde estoy y tengo que darme 2 o 3 baños para sentirme limpia de nuevo. Este veneno me recorre todo el cuerpo con sensaciones desconocidas, cosquilleos, diferentes rincones se me despiertan de repente. Se me olvida que el mundo existe, se me olvida que el corazón me duele, se me olvida que la mente me retumba. Sólo pienso en el calor, el nuevo día y el café por la mañana. Salgo a correr, lo sudo y vuelvo a empezar.
JacquelineB.
Hace mucho que no pisaba estas andadas. No ha cambiado mucho... De hecho, no ha cambiado nada. Y creo que ese es el problema. Cómo me fascino de detectar los problemas, hacérselos saber a la gente que se ha acostumbrado a ser ciega. No me sirve para nada, porque al final del día los problemas se quedan ahí... Y ahí estoy yo envuelta entre todos ellos. Odio los problemas. La verdad son excusas para sentirnos vivos, que servimos de algo, que tenemos individualidad. Pero nadie puede esquivar las masas, nadie puede decir que es lo suficientemente único como para librarse de ellas... Y ese también es un problema.

Pero harta como estoy, ya para este punto, se me viene resbalando. No pongo la misma atención que antes porque se me quitó la obsesividad un poco. No le he quitado su prioridad, pero sí he mecanizado mejor la manera en que "enfrento" algo que no me gusta. Es que siempre he sido igual. Las evoluciones como tal no existen, por dentro sigo sintiendo lo mismo, simplemente externo las emociones de otra manera. Así que soy la misma huerca que era cuando tenía 17, según ella más madura... pero por desgracia con la misma inteligencia emocional. Lo único que he aprendido es a manejarme mejor con la gente, pero por dentro soy el mismo caos. A eso le llamo objetividad. Poder admitirlo y decir esto de mí misma siento que es un paso.

No hago sentido. No pretendo hacerlo. Necesitaba un desahogue ahora que me siento algo sola y me quedan tantos días de ocio... Hay que llenarlos de algo. Diciembre solía fascinarme tanto. ¿Por qué no me he fascinado todavía si ya estamos en el día 11? Me emocionó poner el pino de navidad, debo admitirlo. Fue algo triste porque no es como antes que los seis de nosotros lo poníanmos, entre todos.

Caminar ya no es difícil. Lo estoy haciendo a un paso nada constante, pero lo hago. No es pesado porque ya me las sé todas. Ya hasta las predigo. En sus ojos se nota cuando algo suena incoherente, sus manos le tiemblan y mis párpados se caen de nuevo con otra decepción... No aprenden. Mira, es que los hombres creen que cuando se les reclama algo sólo significa que no nos gusta y que nos vamos a enfadar si nos enteramos, "...si nos enteramos". Si no, ¡no hay problema! La vida sigue igual, ella feliz y yo cómodo rascándome el ombligo. No entienden el daño. No entienden que es para poner un STOP... No hay STOP. A ellos no les sirve para nada dejar de hacerlo, no ven la ganancia. Ven la pérdida que hay si la babosa se entera. Simplemente entienden que hay que encontrar una manera de seguirlo haciendo sin que le afecte. Idiotas. HACERLO es lo que afecta. Y aún más idiotas, porque mentir sobre ello afecta más, TANTO más. Es todo ridículo. Más cuando lo he pedido tantas veces, pero es tan grande lo que pido. No se puede. Es imposiblemente difícil. Hay que seguir maniobrando las cosas para que ella no se dé cuenta. Y ese pensar es el que me aprieta toda por dentro...

Ya no importa. Lo que importa es qué hacer ahora... Es una posición terriblemente difícil, incómoda hasta los talones. Odio ser la mala del cuento, pero a como soy manejando los problemas, siempre termino siendo la que tiene que hacer las decisiones amargas. Al menos no estoy perdiendo objetividad, al contrario. Quizá no estoy evaluando suficientemente bien lo que siento por dentro...

La verdad es que me duele mucho. Demasiado. Tanto que no me cabe en la cabeza. Le doy vueltas y no logro entender por qué. ¿En qué parte estoy mal? Sé que soy un dolor en el trasero y cuando algo me molesta, presiono. Aplico la presión hasta que se rompa. Ese es mi error. ¿Qué importa? ¿Qué fregados importa si ya es muy tarde? Maldito diciembre amargo. Quiero regresarme unos años y cambiarlo todo... Ya no puedo. Me da asco de tanto cansancio. Mi boca, en mi boca me dan gárgaras de desesperación. En los oídos sólo me retumba mi propia voz repitiendo lo mismo una y otra vez. Me odio así. No quiero ser así. Ya basta... Meses prometiendo que ahora será diferente. Pues se queda en promesas... y yo me quedo sola, con el frío y la amargura.
JacquelineB.
JacquelineB.
Había empezado a leer la novela unos días antes. La abandonó por negocios urgentes, volvió a abrirla cuando regresaba en tren a la finca; se dejaba interesar lentamente por la trama, por el dibujo de los personajes. Esa tarde, después de escribir una carta a su apoderado y discutir con el mayordomo una cuestión de aparcerías volvió al libro en la tranquilidad del estudio que miraba hacia el parque de los robles. Arrellanado en su sillón favorito de espaldas a la puerta que lo hubiera molestado como una irritante posibilidad de intrusiones, dejó que su mano izquierda acariciara una y otra vez el terciopelo verde y se puso a leer los últimos capítulos. Su memoria retenía sin esfuerzo los nombres y las imágenes de los protagonistas; la ilusión novelesca lo ganó casi en seguida. Gozaba del placer casi perverso de irse desgajando línea a línea de lo que lo rodeaba, y sentir a la vez que su cabeza descansaba cómodamente en el terciopelo del alto respaldo, que los cigarrillos seguían al alcance de la mano, que más allá de los ventanales danzaba el aire del atardecer bajo los robles. Palabra a palabra, absorbido por la sórdida disyuntiva de los héroes, dejándose ir hacia las imágenes que se concertaban y adquirían color y movimiento, fue testigo del último encuentro en la cabaña del monte. Primero entraba la mujer, recelosa; ahora llegaba el amante, lastimada la cara por el chicotazo de una rama. Admirablemente restallaba ella la sangre con sus besos, pero él rechazaba las caricias, no había venido para repetir las ceremonias de una pasión secreta, protegida por un mundo de hojas secas y senderos furtivos. El puñal se entibiaba contra su pecho, y debajo latía la libertad agazapada. Un diálogo anhelante corría por las páginas como un arroyo de serpientes, y se sentía que todo estaba decidido desde siempre. Hasta esas caricias que enredaban el cuerpo del amante como queriendo retenerlo y disuadirlo, dibujaban abominablemente la figura de otro cuerpo que era necesario destruir. Nada había sido olvidado: coartadas, azares, posibles errores. A partir de esa hora cada instante tenía su empleo minuciosamente atribuido. El doble repaso despiadado se interrumpía apenas para que una mano acariciara una mejilla. Empezaba a anochecer. Sin mirarse ya, atados rígidamente a la tarea que los esperaba, se separaron en la puerta de la cabaña. Ella debía seguir por la senda que iba al norte. Desde la senda opuesta él se volvió un instante para verla correr con el pelo suelto. Corrió a su vez, parapetándose en los árboles y los setos, hasta distinguir en la bruma malva del crepúsculo la alameda que llevaba a la casa. Los perros no debían ladrar, y no ladraron. El mayordomo no estaría a esa hora, y no estaba. Subió los tres peldaños del porche y entró. Desde la sangre galopando en sus oídos le llegaban las palabras de la mujer: primero una sala azul, después una galería, una escalera alfombrada. En lo alto, dos puertas. Nadie en la primera habitación, nadie en la segunda. La puerta del salón, y entonces el puñal en la mano. la luz de los ventanales, el alto respaldo de un sillón de terciopelo verde, la cabeza del hombre en el sillón leyendo una novela.

-Julio Cortázar.
JacquelineB.
"Tenía admirables cabellos castaños, matizados con reflejos de oro; una frente
que parecía de mármol; mejillas que arecían formadas de hojas de rosa; un
sonrosado pálido; una blancura que revelaba cierta emoción interior; una boca de
forma exquisita de la cual se desprendía la sonrisa como una luz y la palabra
como una música; una cabeza que Rafael hubiera dado a María, colocada sobre un
cuello que Jean Goujon hubiera dado a Venus.

Y para que nada faltase a aquella
figura encantadora, la nariz no era bella, era linda; ni recta, ni aguileña, ni
italiana, ni griega; era la nariz parisiense, es decir, algo espiritual, fina,
irregular y pura, que desespera a los pintores y encanta a los poetas".